13/07/2010
Gran Teatre del Liceu
BALLET CON PRINCESA DE VERDAD
ROSLI AYUSO (EL MUNDO, 13/07/10)
Fastuosa velada de ballet en el Liceu, y especialmente remarcable en tiempos de crisis. Se dieron varias circunstancias excepcionales: la producción íntegra con la que el Royal Ballet celebró su 75 aniversario a partir de una de las obras cumbres del ballet, La bella durmiente -con música en directo a cargo de la JONC- y, finalmente, la guinda del pastel, la presencia de la madrileña Tamara Rojo en su rol de princesa Aurora. ¿Qué más se puede pedir?
Empecemos por aplaudir a nuestra Jove Orquestra, que estuvo a la altura en la díficil tarea de acompañar a este legendario ballet. ¡Bravo! Y si La bella durmiente es una explosión de variaciones, estilos y escenas multitudinarias, nadie mejor que el Royal, con su equipo monumental, para acometer la producción.
Su rigor académico y el alto nivel de virtuosisimo de todos sus principals es un regalo para los amantes del ballet: tanto si se trata de una Carabosse (Genesis Rosatto) sensual y maligna, como de una éterea Hada de las Lilas (Claire Calvet) o de las arrebatadas y milimétricas hermanas de Florestán (Hristov, Takada y Choé), o muy especialmente Laura Morera (Princesa Florine) y su extraordinario pájaro azul, Steven McRae, quien practicamente recortó su figura en el aire.
De todos modos, en este gran ballet, por muchos gatos con botas, caperucitas rojas y lobos feroces que hagan más amena la trama, la tensión dramática se resuelve, como siempre, en el gran pas de deux del tercer acto. Ahí, una inefable Tamara Rojo, desplegando una naturalidad e inocencia perfectamente calcuda, nos demostró que, cuando hay química con la pareja de baile, el resultado es excepcional: junto al magnífico Ruppert Pennefather, en simbiosis deslumbrante, ejecutó unos equilibrios de vértigo, desafiando la gravedad y el tiempo; sus promenades, deliciosos y embelesados, de verdadera princesa que despierta al amor, y los arabescos mejor dibujados que recordamos en mucho tiempo.
Todo un ensueño que quedó subrayado por ese viaje al pasado con el que nos obsequió el Royal Ballet, rescatando los antiguos desplazamientos de infinidad de telones pintados, el vestuario e incluso los casi anacrónicos destellos de los espejos mágicos.
BELLA
JOAQUIM NOGUERO (Medio, 12/07/10)
Bella, y no durmiente, sino activa, muy activa, es la revitalización del clásico cuento de Perrault, versionado por los hermanos Grimm, que Petipa y Chaikovski estrenaron en San Petersburgo en 1890 y que ahora, más de un siglo después, se presenta remozado por la adición de múltiples capas. Las aportaciones de Frederick Ashton y Anthony Dowell, o la mucho más reciente de Christopher Wheeldon nunca han añadido peso a las gracias del cuento bailado; al revés, lo han estilizado y transparentan las virtudes de una tradición inglesa que suma elegancia y expresividad, contención y significado, en lo que básicamente es puntería emocional. Virtuosismo hay de sobra en las variaciones, y brillantez y opulencia en el cuerpo de baile y el vestuario, de una riqueza cromática que convierte el escenario en masas de colores en movimiento, pero al final lo que pesa es el equilibrio y la pertinencia de cada una de estas opciones. Tamara Rojo, pese a ser muy aplaudida, estuvo dubitativa al principio y, luego, fría en sus seguridades, sin la fragilidad o la expresividad de niña que solemos asociar al rol de Aurora. La fiesta de la boda en el tercer acto fue un derroche de ballet, con Steven McRae y Laura Morera en el papel del pájaro azul y la princesa Florine como otro de los momentos más celebrados.